Cuentan las historias que Sir Gwegon partió rápidamente hacia el sur para pagar el rescate de su hermana y así verla libre del felón que seguramente la hubiera secuestrado. El viaje transcurrió sin sobresaltos, aunque las heridas que había sufrido en la Batalla de Lindsey todavía no habían sanado plenamente.
Una vez llegó a la posada a las afueras de Londres se encontró con el captor de su hermana. Era un caballero de aspecto pobre, más alto y bien formado, que con modales brutos e insultantes le exigió el pago mientras denostaba la virtud de su hermana Maed.
Aquelló encendió a Sir Gwegon, que se sintió herido en su orgullo y demandó el nombre del raptor. Cuando aquel no quiso dárselo, agravando la situación al tratar al Indeciso sin la cortesía que éste creía merecer, los insultos no tardaron en llegar. Desde aquellos al choque de espadas no hubo más que un suspiro.
En las afueras de la posada se embistieron con presteza, espada en mano y escudo al hombro. Ambos lanzaron terribles golpes, pero Sir Gwegon empezó a notar el cansancio del largo viaje y las secuelas de las terribles heridas sufridas en Lindsey. Notándolo, el felón enemigo se avalanzó sobre él lleno de furia, lanzando acometidas que Gwegon apenas podía repeler. Finalmente un poderoso golpe alcanzó la cimera del yelmo de Sir Gwegon y todo volviose negro para él.
Debieron pasar varios días hasta que despertó, encontrándose en una oscura celda. Sólo un pequeño rayo de luz penetraba por un ventanuco en lo alto, y una única puerta cerraba la estancia. Se encontró vestido con ropa de saco y sus heridas mostraban la actuación de algún curandero no muy hábil. En el suelo apenas había un cuenco de sucia comida y algo de agua, pero ninguna pista de su paradero.
A sus gritos requiriendo respuestas sólo les respondieron groseras respuestas que nada le aclararon. Era prisionero, pero no sabía quién era su captor, ni dónde se hallaba su cárcel. No había indicado a sus compañeros de armas a dónde se dirigía y ahora su única esperanza era que pidieran un rescate por él y su administrador lo satisficiera.
Una vez llegó a la posada a las afueras de Londres se encontró con el captor de su hermana. Era un caballero de aspecto pobre, más alto y bien formado, que con modales brutos e insultantes le exigió el pago mientras denostaba la virtud de su hermana Maed.
Aquelló encendió a Sir Gwegon, que se sintió herido en su orgullo y demandó el nombre del raptor. Cuando aquel no quiso dárselo, agravando la situación al tratar al Indeciso sin la cortesía que éste creía merecer, los insultos no tardaron en llegar. Desde aquellos al choque de espadas no hubo más que un suspiro.
En las afueras de la posada se embistieron con presteza, espada en mano y escudo al hombro. Ambos lanzaron terribles golpes, pero Sir Gwegon empezó a notar el cansancio del largo viaje y las secuelas de las terribles heridas sufridas en Lindsey. Notándolo, el felón enemigo se avalanzó sobre él lleno de furia, lanzando acometidas que Gwegon apenas podía repeler. Finalmente un poderoso golpe alcanzó la cimera del yelmo de Sir Gwegon y todo volviose negro para él.
Debieron pasar varios días hasta que despertó, encontrándose en una oscura celda. Sólo un pequeño rayo de luz penetraba por un ventanuco en lo alto, y una única puerta cerraba la estancia. Se encontró vestido con ropa de saco y sus heridas mostraban la actuación de algún curandero no muy hábil. En el suelo apenas había un cuenco de sucia comida y algo de agua, pero ninguna pista de su paradero.
A sus gritos requiriendo respuestas sólo les respondieron groseras respuestas que nada le aclararon. Era prisionero, pero no sabía quién era su captor, ni dónde se hallaba su cárcel. No había indicado a sus compañeros de armas a dónde se dirigía y ahora su única esperanza era que pidieran un rescate por él y su administrador lo satisficiera.
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