En este año, Siagro, Magister Militum de la Galia, pide al rey de Logres, Uther, que, haciendo honor a sus lazos de amistad y alianza, envíe un ejército para luchar contra la horda de bárbaros invasores que asedia sus fronteras. Muchos de los britanos de origen romano discuten durante todo el invierno sobre el tema: Su antigua lealtad con la madre patria les convierte en los mayores partidarios de enviar un gran ejército para ayudar al gobernador romano de la Galia. Otros, sin embargo, se muestran más preocupados por la amenaza cercana de los sajones. Sir Maccalus se muestra particularmente entusiasmado con la idea de partir al continente y conocer el único poder romano que aún parece sobrevivir en el occidente. Por ello, y pese a las ordenes del rey, acude a Sir Amig, a quien salvara la vida, para que interceda ante el conde Roderick y le permita acudir al continente, como ya hiciera su abuelo, junto con el ejército bajo el liderazgo del príncipe Madoc.
El contingente enviado no parece demasiado prometedor, formado principalmente por soldados demasiado mayores o demasiado jóvenes, mientras que los guerreros más capaces se quedan en Britania, realizando labores de guarnición y de hostigamiento en la frontera sajona. Desembarcan sin inconvenientes y realizan algunos movimientos tácticos en el campo galo, pero sin resultados efectivos de importancia. Los francos son más que una amenaza indefinida más allá del horizonte: los nativos cuentan historias terribles de su crueldad y de las terribles franciscas, las hachas arrojadizas que manejan. Finalmente el ejército entra en combate en la ciudad de Baiocassium (Bayeux). Sir Maccalus aguarda con su unidad a que los mercenarios irlandeses abran una brecha en las defensas de la plaza, pero su comandante espera órdenes directas del príncipe antes de entrar en batalla. Ante la inminente caída de la puerta, Sir Maccalus le exhorta a que dé la orden de cargar a pesar de no tener noticias de la tienda de Madoc. Ante la reluctancia del comandante, Sir Maccalus se apoya en los demás caballeros de la unidad, que se contagian de su entusiasmo y logran que la carga se produzca en el momento preciso. La puerta cae, los jinetes entran y arrollan las defensas francas al grito de "¡Uther Pendragón!". Baiocassium es tomada y saqueada hasta los cimientos: todas las riquezas son repartidas entre los britanos y los mercenarios irlandeses. Sir Maccalus recibe en persona de manos del príncipe Madoc un magnífico gladius enjoyado, que preside el salón de Newton Tony desde entonces, junto con la felicitación por su bravura y la recomendación de atemperar su arrojo en batalla en el futuro.
Es entonces cuando Siagro aparece para solicitar que el victorioso Madoc se una a sus tropas para enfrentarse al gran ejército franco que ha penetrado en sus tierras con dirección al mismo corazón de su reino. Sir Maccalus se sobrecoge ante la demostración de pompa romana y espera con ansia el momento de luchar codo con codo con ellos. Su tristeza e indignación son por ello enormes cuando Madoc rechaza con desdén la petición de Siagro, a pesar de las protestas de este sobre la promesa de Uther. Un tajante "yo no soy mi padre" del príncipe hace que el airado Magister Militum, blanco de ira, vuelva la espalda y se aleje con sus tropas para confrontar al enemigo en soledad. Sir Maccalus, con lágrimas de vergüenza en los ojos, se aproxima a él para ofrecerle su brazo cuando la lealtad a su señor no sea obstáculo. "El cielo me libre de depender nunca más de un britano" es toda la contestación que recibe, pero empeña aun así su palabra.
Britania embarca así a su ejército, abandonando al desesperado Magister Millitum ante una fuerza imparable. Lo sucedido en la Galia se conoce en la isla a finales de año: cómo el ejército galo-romano fue arrasado, diezmadas sus filas, y como el Rex Romanorum logró escapar a uña de caballo, herido y jurando venganza contra los francos que acabaron con su reino y contra los britanos que le traicionaron. No es Sir Maccalus el único en criticar la acción de Madoc, pues son varios los nobles de la corte de Uther que la consideran poco honorable.
El contingente enviado no parece demasiado prometedor, formado principalmente por soldados demasiado mayores o demasiado jóvenes, mientras que los guerreros más capaces se quedan en Britania, realizando labores de guarnición y de hostigamiento en la frontera sajona. Desembarcan sin inconvenientes y realizan algunos movimientos tácticos en el campo galo, pero sin resultados efectivos de importancia. Los francos son más que una amenaza indefinida más allá del horizonte: los nativos cuentan historias terribles de su crueldad y de las terribles franciscas, las hachas arrojadizas que manejan. Finalmente el ejército entra en combate en la ciudad de Baiocassium (Bayeux). Sir Maccalus aguarda con su unidad a que los mercenarios irlandeses abran una brecha en las defensas de la plaza, pero su comandante espera órdenes directas del príncipe antes de entrar en batalla. Ante la inminente caída de la puerta, Sir Maccalus le exhorta a que dé la orden de cargar a pesar de no tener noticias de la tienda de Madoc. Ante la reluctancia del comandante, Sir Maccalus se apoya en los demás caballeros de la unidad, que se contagian de su entusiasmo y logran que la carga se produzca en el momento preciso. La puerta cae, los jinetes entran y arrollan las defensas francas al grito de "¡Uther Pendragón!". Baiocassium es tomada y saqueada hasta los cimientos: todas las riquezas son repartidas entre los britanos y los mercenarios irlandeses. Sir Maccalus recibe en persona de manos del príncipe Madoc un magnífico gladius enjoyado, que preside el salón de Newton Tony desde entonces, junto con la felicitación por su bravura y la recomendación de atemperar su arrojo en batalla en el futuro.
Es entonces cuando Siagro aparece para solicitar que el victorioso Madoc se una a sus tropas para enfrentarse al gran ejército franco que ha penetrado en sus tierras con dirección al mismo corazón de su reino. Sir Maccalus se sobrecoge ante la demostración de pompa romana y espera con ansia el momento de luchar codo con codo con ellos. Su tristeza e indignación son por ello enormes cuando Madoc rechaza con desdén la petición de Siagro, a pesar de las protestas de este sobre la promesa de Uther. Un tajante "yo no soy mi padre" del príncipe hace que el airado Magister Militum, blanco de ira, vuelva la espalda y se aleje con sus tropas para confrontar al enemigo en soledad. Sir Maccalus, con lágrimas de vergüenza en los ojos, se aproxima a él para ofrecerle su brazo cuando la lealtad a su señor no sea obstáculo. "El cielo me libre de depender nunca más de un britano" es toda la contestación que recibe, pero empeña aun así su palabra.
Britania embarca así a su ejército, abandonando al desesperado Magister Millitum ante una fuerza imparable. Lo sucedido en la Galia se conoce en la isla a finales de año: cómo el ejército galo-romano fue arrasado, diezmadas sus filas, y como el Rex Romanorum logró escapar a uña de caballo, herido y jurando venganza contra los francos que acabaron con su reino y contra los britanos que le traicionaron. No es Sir Maccalus el único en criticar la acción de Madoc, pues son varios los nobles de la corte de Uther que la consideran poco honorable.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada