Las promesas de guerra se cumplieron al llegar la primavera. El mayor ejército que Logres, ahora con Cornualles a su lado, pudo reunir se concentró para marchar al norte y quebrar el poder de Octa y Eosa, o morir en el intento. Las madres y las esposas lloraban pensando en los que no volverían y los ancianos se maldecían por no poder ir a luchar junto con tal hueste, mientras el paso de los ejércitos cruza el reino desde un mar a otro, con un ritmo marcial que parece inundarlo todo.
Las tropas britanas se agruparon en Lincoln, se contaron banderas y lanzas, se contabilizaron cuantos luchadores se encuentran: algo menos de 2000 caballeros y 5000 infantes formaban el contingente. La mayoría guerreros veteranos, pues aún los jóvenes de Britania han tenido que aprender por el camino de la guerra. Pero en todos nació la aprensión cuando escucharon las cifras que traía el enemigo, más de 10 000 sajones, la mitad de ellos recién llegados del continente, ansiosos de sangre y botín.
A primera mañana las filas se extienden sobre el terreno, de horizonte a horizonte los sajones golpean sus escudos, gritan y maldicen. La mayoría a pie, pero entre ellos se distinguen los grupos de jinetes, reyes y caudillos de su pueblo. El ejercito del rey Uther parece aún más pequeño, dividido ahora en tres cuerpos: en el centro el rey, al este Ulfius, ocupando una pequeña elevación del terreno y al oeste Garlois con sus soldados córnicos. Los sacerdotes y los druidas pasan entre los soldados, confortando a los temerosos y bendiciendo a sus correligionarios, cualquier diferencia olvidada por el momento. Los caballos parecen nerviosos, como si ya olieran la sangre que se va a derramar y los jinetes deben contenerlos para que no se lancen a la carga antes de tiempo.
Cuando Uther gritó la orden de avance los tres cuerpos de caballería lo hicieron al unísono, aunque Ulfius se viera algo retrasado por el terreno. Los jinetes maniobraron formando cuñas para estrellarse contra la infantería y barrerla, tras ellos avanzaban sus propios infantes y las flechas comenzaban a diezmar a ambos bandos. Pero entonces, a media maniobra, las tropas de la primera fila del centro sajón dieron un paso atrás y dejaron adelantarse a la segunda. Avanzaron estos soldados, armados con lanzas largas y pesadas, capaces de frenar la carga de la caballería y de quebrar la mejor cota de malla.
Algunos intentaron apartarse o frenar la carrera, pero el grueso de la fuerza britana se estrellaron contra la linea de lanceros, con brutalidad. Muchos caen en esta primera carga, pero la fuerza de esta en el centro es tal que la mayoría de lanceros fueron aplastados, machacados y atravesados. Resultaba difícil saber lo que pasaba en otras partes del campo de batalla, pero parecía que el ejército sajón había soportado la fuerza de la carga y ahora intentaba rodear y flanquear a los caballeros britanos, antes de que lleguasen los infantes de Uther. La lucha resultaba salvaje, y muchos cayeron por ambos bandos, apenas había espacio para moverse y los sonidos de la batalla se tornaban ensordecedores.
Sir Athar intentaba abrirse paso a espadazos, pero fue golpeado por un hacha en el pecho y arrastrado al suelo, inconsciente, donde el sajón pretende rematarle; sólo la intervención de su escudero le salva la vida, llevándolo lejos del campo de batalla. Finalmente la infantería llegó con un grito, igualando un tanto las apuestas, pero los britanos seguían en inferioridad numérica.
Tras horas de denudados combates, los caballeros de Salisbury acabaron con los sajones de a pie que les cerraban el paso. Viendo una brecha en la infantería, se abrieron paso, cargando contra el gran cuerpo de soldados armados con armas a distancia, que no cesaban de descargar sobre ellos sus flechas, jabalinas y rocas. La lluvia de proyectiles derribó a algunos jinetes, pero, cuando llegaron al combate cuerpo a cuerpo, la lucha fue breve; finalmente los arqueros se batieron en retirada, dejando tras de sí abundantes muertos. Algunos momentos de descanso entonces permitieron volver a montar a los caídos, y muchos se apresuraron a recibir primeros auxilios, desde su posición privilegiada. Aproximadamente la mitad de la jornada ya había pasado para entonces y los que podían aprovechaban para comer algo, aunque muchos no tenían estómago para ello.
Un grupo de lanceros fuertemente armados intentaba expulsarles de su posición poco después del mediodía. Los de Salisbury tomaron las armas y se prepararon para el nuevo combate con animo valeroso. Ante la furia del ataque se mantuvieron firmes, sin que ninguno de los bandos obtenga la ventaja durante la amyor parte de una hora. Poco a poco, la fuerza de los caballos hizo decidirse el combate en contra de los sajones, que veían su valor mermar al mismo tiempo que su número. Se retiraron ordenadamente, sin darles la espalda y aún maldiciéndoles desde detrás de sus escudos; un pequeño cuerpo de jinetes surgió entonces de entre la tropa, para permitir a los infantes retroceder y reagruparse, pero fueron barridos por los superiores caballeros britanos. Era ya media tarde, y todavía el combate continuaba en todo el campo.
En ese momento, desde el flanco oeste, se escucharon gritos de alegría: Garlois y sus hombres habían acabado con Eosa, el gigante sajón. Caído su rey el valor de los sajones del flanco izquierdo falló, sus líneas parecen deshacerse, disolverse ante la vista cuando los britanos presionan y avanzan, masacrando a su enemigo ancestral.
Entonces sir Mor distinguió entre las tropas que huían al caudillo sajón restante, Octa, y a sus protectores, señalándoselo a sus compañeros más próximos. Dudaron un segundo y luego cargaron hacia él, Gwegon quedose atrás, pues sus heridas era muchas y temía por su vida. El rey sajón se giró para luchar, como guerrero de honor, y con él sus guardaespaldas. El terreno está cubierto de muertos y armas caídas, estandartes pisoteados y barro, pero los caballos avanzan unos contra otros sin perder pie, casi hasta chocar entre sí. Con un gruñido Macculus se adelantó y asestando un fuerte revés desmontó a Octa de su caballo, cayó dando tumbos al barro. Sir Morians, verdaderamente enloquecido por el día de combates, y Sir Mors acabaron también rápidamente con sus protectores, que murieron intentando proteger a su señor caído. Con este combate prácticamente acabó la batalla, aunque algunos continuaron la matanza hasta bien entrada la noche.
Los caballeros entraron gloriosos en Lincoln, portando el botín, columnas de prisioneros abrían la marcha y entre ellos el rey capturado, que permanecía hosco, nada regio en su derrota, cubierto de barro y sangre seca. Lo llevaron encadenado ante el rey Uther, que le ofreció su libertad a cambio del juramento de nunca más volver a tomar las armas y también de un rico rescate, que fue repartido entre sus captores. Todos alabaron los nombres de los héroes y fueron invitados a cenar al gran salón, junto con los altos barones y nobles de Logres.
La celebración fue tal, y el alivio de seguir vivo tan fuerte, que la mayoría de los caballeros, incluso aquellos conocidos por su templanza, esa noche bebieron en exceso. En medio del banquete un grupo de mujeres ricamente ataviadas se dirigieron a la parte central, la principal de ellas, una mujer alta y esbelta, vestida de marfil y oro. Descubrió el rostro y de diría que todos los hombres de la sala entonces sólo tenían ojos para ella.
"Mi esposa, Igraine, quiere deleitaros con una composición" dijo Garlois, tan alegre como los demás.
Comenzó a recitar un poema de gran belleza sobre los sucesos del día, con la ayuda del coro de doncellas. Su voz era como el clarín que llama al combate, como el viento que agita los estandates, el poema hablaba de los hechos de armas, de la victoria y la gloria de los vivos, pero sobre todo hablaba de los héroes caídos, del hogar que nunca volverían a ver y por el que habían muerto. Todos estaban emocionados y embelesados, pero sobre todos Uther, que la miraba con ojos desorbitados, como si hubiera visto una ninfa, un ser de belleza inhumana y encanto sobrenatural. A su lado Garlois ya no sonreía.
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